Si viajas a León, hay al menos cuatro excursiones que no puedes perderte: una visita a Astorga y a Ponferrada, una ruta por Las Médulas y una excursión a la Cueva de Valporquero.

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Las Médulas.

La ciudad de León ya es suficiente por sí misma para convertirla en el centro de una escapada de fin de semana pero si alargas un poco el viaje, puedes hacer varias excursiones y conocer algunas otras maravillas de la provincia. A muy poca distancia de la capital, hay algunas ciudades y enclaves naturales únicos.

Astorga

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Catedral de Astorga.

Entre las excursiones fundamentales de la provincia de León está una visita a Astorga, una pequeña ciudad ubicada a menos de una hora de la capital que es conocida principalmente por su catedral y por la huella que Gaudí dejó en ella.

Los miles de peregrinos que pasan por Astorga camino de Santiago de Compostela encuentran en esta ciudad un adelanto de lo que verán al llegar a su destino. La inmensidad de la Catedral de Astorga y los detalles de cada una de sus fachadas la convierten en un edificio que, aunque queda lejos de las maravillas de su vecina de León, es admirado tanto por creyentes como por los que no lo son.

La visita es libre, aunque el pago de la entrada incluye una audioguía que te va explicando con detalle cada una de las salas que recorres, así como las obras o las imágenes de cada una de las capillas.

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Palacio de Astorga.

A pocos metros se encuentra el Palacio de Astorga, un edificio con un aire moderno a la vez que conservador y que recuerda ligeramente a la estructura de la Casa Botines, en León, también obra de Gaudí. Antes de entrar, puedes pasear por sus jardines, aunque lo mejor queda dentro y no se asemeja en absoluto a lo que muestra su fachada: salas amplias pero salpicadas de los laberintos de columnas tan propios de Gaudí, arcos que hacen las veces de puertas o divisiones entre estancias, vidrieras que llenan los espacios de luz natural y numerosos elementos religiosos, debido a la función que tuvo este palacio, pero también a la devoción de Gaudí.

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Interior del Palacio de Astorga.

No obstante, el arquitecto catalán no completó la obra. Tras tomar posesión de la diócesis de Astorga y quemarse el palacio episcopal existente, Juan Bautista Grau y Vallespinós encargó la construcción de uno nuevo a Gaudí. Sin embargo, la construcción no había finalizado cuando este falleció y Gaudí decidió abandonar el proyecto por sus diferencias con la Junta Diocesana.

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Interior del Palacio de Astorga.

El edificio consta de cuatro plantas, que puedes recorrer durante tu visita: el sótano, destinado hoy a exposiciones, y otras tres plantas con las dependencias originales y parte del mobiliario, así como numerosas piezas expuestas. Llama la atención especialmente la capilla, ubicada en el primer piso: su pomposa decoración la convierte en un ser extraño en medio de un edificio cuyas plantas destacan por su austeridad -quitando los elementos propiamente arquitectónicos-.

Ponferrada

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Castillo de Ponferrada.

Decir que Ponferrada es una ciudad bonita, sería ocultar parte de la verdad. Desde las alturas del Castillo de Ponferrada, se ven las fábricas que rodean esta localidad, pero es esta fortaleza la que hace especial al lugar.

El castillo se divide en dos partes, según el periodo en el que fueron construidas, y ambas parecen haberse detenido en sus respectivos tiempos. Aunque algunas salas se utilizan hoy en día como zona de exposiciones, el interior remodelado queda tan oculto de la estructura del castillo que los muros te envuelven y te trasladan varios siglos atrás en el tiempo.

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Castillo de Ponferrada.

Aunque sus orígenes se remontan a la Edad de Hierro, fueron los templarios los que marcaron un punto y a parte en la historia de este castillo. No obstante, las zonas por las que se puede pasear datan de fechas posteriores. En concreto, el castillo viejo, construido entre el siglo XIV y XV y del que se conservan cuatro torres, y el palacio nuevo, que incluye varias estancias o patios interiores, edificadas en el siglo XV por el primer Conde de Lemos.

Las Médulas

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Cueva La Encantada (Las Médulas).

No puedes visitar León y no hacer una excursión a Las Médulas: viajarás en el tiempo a un lugar en el que el trabajo de los romanos ha dejado una huella que persiste varios siglos después. Durante cientos de años, los romanos explotaron esta zona en busca del metal dorado, convirtiéndola en la mayor mina de oro a cielo abierto. Su trabajo se observa hoy en montañas con fuertes cortados y pendientes que irrumpen en medio de un bello paraje natural en el que contrastan los intensos tonos marrones y anaranjados con el verde de los árboles.

Hay varios recorridos (guiados o por libre) para conocer Las Médulas, ya en la frontera con Galicia. Cuando las visité, hacia demasiado calor, por lo que solo pude hacer uno de los itinerarios principales (la senda de las Valiñas) y subir en coche al Mirador de Orellán.

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Cueva La Cuevona (Las Médulas).

La senda de las Valiñas es una ruta circular de 3,5 kilómetros y con muy poca dificultad. Hay una parte algo más compleja (nosotros no la hicimos por el calor) que supone subir una empinada cuesta que te lleva hasta el Mirador de Orellán. No obstante, los grandes atractivos de este recorrido son La Cuevona y La Encantada, dos grandes cuevas abiertas por los romanos en su búsqueda de oro, a las que no está permitido entrar.

Sí podrás acceder a la Cueva de Orellán, situada en el Mirador del mismo nombre, y atravesar su interior hasta llegar a la terraza que te dejará ver este terreno salpicado de desniveles desde otro ángulo. El Mirador de Orellán también ofrece unas vistas maravillosas en este sentido. Para llegar a él o la cueva, puedes hacer la ruta o ir en coche hasta un aparcamiento y recorrer (cuesta arriba) los 500 metros que te separan de este maravilloso balcón.

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Vistas desde el Mirador de Orellán (Las Médulas).

En total, hay hasta ocho rutas para hacer, de distinta duración y dificultad, y la luz del sol cambia el paisaje de tal forma según la hora del día a la que vayas que merece la pena alojarse en el propio pueblo de Las Médulas o en alguno cercano, para aprovechar bien la visita y disfrutar de la zona un par de días. En este sentido, optar por dormir en León no es la mejor opción porque está a casi dos horas de la zona.

Cuevas de Valporquero

Cueva de Valporquero
Exterior de la Cueva de Valporquero.

Si en las Médulas o en Ponferrada haces un viaje en el tiempo, en las Cuevas de Valporquero, te conviertes en Julio Verne y te adentras al centro de la tierra. Aunque desde el lugar donde se compran las entradas -la visita solo es posible en grupos, a unas horas fijadas previamente y que varían según la época del año- no se ve nada de las cuevas, una vez que recorras un pequeño túnel cuyo objetivo es ambientarte en esta aventura, descubrirás un espacio totalmente distinto del anterior, en el que la naturaleza es más salvaje y se oye el ruido del agua fluyendo por el río.

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Interior Cueva de Valporquero.

La mejor época para visitar las Cuevas de Valporquero es la primavera, cuando comienza el deshielo, pues esta cavidad es fruto de la acción del río, que lo atraviesa por lugares invisibles, pero también se deja ver en forma de gigantescos lagos. Además, si vas entre marzo y abril y logras un silencio absoluto, podrás escuchar las diminutas gotas de agua que caen y van formando las estalactitas y estalagmitas. De hecho, estas formas espectaculares de la naturaleza son una de las razones que le dan un aire mágico a las cuevas: el tiempo ha creado increíbles estructuras que recuerdan a diferentes formas, entre ellas, un gran órgano.

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Lago de las Pequeñas maravillas.

Hay varios tipos de visita, en función del tiempo que tengas o tu forma física. Y si eres claustrofóbico, no te preocupes, el tamaño de las salas de las cuevas es tan grande que te sentirás como si estuvieras en medio del campo. El recorrido normal, de una hora de duración, te lleva por las cinco primeras salas de la cueva; el largo, de entre hora y media y hora y tres cuartos, recorre un total de siete espacios; mientras que el llamado Valporquero Insólito se prolonga entre dos horas y media y tres horas y te adentra en las zonas más escondidas del lugar, convirtiéndote en un verdadero explorador que, en algunas zonas, tiene de guía tan solo la bombilla que lleva sobre su casco de protección.

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