Bañarse en una playa de Finlandia parece imposible, pero aprovechando la ola de calor que tuvimos durante el viaje, disfrutamos de las dunas y las playas de la Isla de Hailuoto, en el Golfo de Botnia.

Si hace unos años me hubiesen dicho que iba a pasear por unas dunas y una playa en Finlandia, hubiese creído que me estaban tomando el pelo. Pero lo cierto es que aunque en invierno las temperaturas no superen los cero grados, en verano hay regiones muy agradables para disfrutar del buen tiempo. Y eso fue lo que hicimos en la novena jornada de nuestro road trip por los países nórdicos.

Hailuoto dunas
Rápidos de Koitelinkoski.

Nuestra primera parada del día fue en los rápidos de Koitelinkoski. La mejor época para ver la ferocidad de las aguas será primavera, aprovechando el deshielo. En verano, sin embargo, se convierten en una balsa en la que se respira tranquilidad y dan ganas de pasarse horas sentado en una de las piedras que hay junto al río.

Hailuoto dunas
Rápidos de Koitelinkoski.

A continuación, nuestra idea era parar en Oulu para después continuar por la bahía de Liminka. Sin embargo, teniendo en cuenta lo poco que nos habían gustado hasta entones las ciudades de los países nórdicos, decidimos saltarnos la primera parada y dirigirnos a explorar la naturaleza. En el último momento leímos que uno de los atractivos de esta bahía era visitar la isla de Hailuoto, famosa por sus dunas. Para llegar a ella, hay que coger un ferry en Oulunsalo. El trayecto no dura más de 20 minutos. Según la época del año, los barcos salen con más o menos frecuencia y durante los duros meses del invierno, el ferry no es necesario: esta zona del mar se congela y es posible llegar a Hailuoto en coche. ¿Increíble, no crees?

Hailuoto dunas
Ferry entre Oulunsalo y Hailuoto.

Una vez en Hailuoto, te encuentras en una carretera que atraviesa la isla y de la que salen varias desviaciones. Aunque antes de montar en el ferry nos habían dado un plano, toda la información estaba en finlandés así que tuvimos que parar en el primer comercio que vimos (en la isla no debe haber ni 10 establecimientos, entre tiendas, supermercados y bares o restaurantes) para que nos informaran.

Hailuoto tiene un museo (el Kniivilä, sobre la historia de la zona), una iglesia, reconstruida en los 70 después de que el templo anterior, que ostentaba el título de ser la iglesia de madera más antigua de Finlandia que todavía estaba en funcionamiento, se incendiara; y dos faros, uno de ellos con la peculiaridad de que su función era alertar durante el día a los marineros de los bancos de arena que se extienden junto a la costa.

Hailuoto dunas
Hailuoto.

Como amantes de los paisajes, fuimos directamente a la zona del puerto (que no puede ser llamado como tal porque prácticamente no hay barcos o son muy pequeños). Aunque las playas de Hailuoto no puedan compararse con las que tenemos en España, muy cerca de la orilla del mar y rodeadas por las dunas hay un conjunto de casas de pescadores a las que no me importaría ir a relajarme en verano.

Hailuoto dunas
Antiguas casas de pescadores en Hailuoto.

A nuestro regreso a tierra firme, continuamos el viaje hacia Lisalmi. Teníamos 200 kilómetros por delante así que no pudimos disfrutar de las playas tanto como hubiésemos deseado. Además, al cansancio acumulado hay que sumar las peculiaridades de las carreteras finlandesas: su estructura es prácticamente la de una autopista española: largos tramos rectos, de varios carriles y con poco tráfico. Sin embargo, la velocidad máxima es de 100 km/h, que es reducida cada pocos kilómetros porque cruza la carretera cruza una ciudad y debes parar en semáforos o cruzar rotondas. Todo ello da la combinación perfecta para que unos pocos kilómetros sean una odisea.

Esa noche dormimos en Iisalmi, un pueblo situado muy cerca de la frontera con Rusia, en el excéntrico Hotel Golden Dome Iisalmi. Aunque las reseñas eran bastante buenas y aparecía como un hotel de cuatro estrellas, lo cierto este alojamiento no tiene tal estatus -ni siquiera tiene ascensor.

Hailuoto dunas
Comedor del Hotel Golden Dome Iisalmi.

Las habitaciones son muy pequeñas y con una decoración excéntrica que para algunos puede ser vintage. Además, tuvimos la mala suerte de que Finlandia estaba viviendo una ola de calor y el hotel carecía de aire acondicionado. Lo mejor de todo, o al menos lo más curioso, es el restaurante donde se toma el desayuno. El hotel está ubicado en una antigua iglesia y el restaurante ha mantenido la estructura y decoración de edificio religioso.

El post no está patrocinado por ningún hotel. Todo son recomendaciones basadas en la prueba y error de mi propia experiencia. 

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