Las calles de esta ciudad marroquí son un hervidero de colores, olores y sonidos.

Marrakech imprescindible
Plaza Jemaa-el-Fna.

A Marrakech la llaman la ciudad roja, aunque yo la llamaría la ciudad de todos los colores y también de todos los sentidos. Sus calles son un hervidero de tonalidades, pero también de olores, sonidos y, por supuesto, de imágenes. La ciudad marroquí es puro movimiento. Pasear por las estrechas calles de sus zocos es arriesgarse a ser atropellado por una moto, una bicicleta o un carro conducido por burros. O al menos así lo percibimos los extranjeros, pues para ellos es más sencillo sortearnos que predecir nuestros movimientos para esquivarlos.

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Cuscús de cordero.

No obstante, este bullicio que raya en lo caótico es lo que otorga encanto a la ciudad. Marrakech no sería lo mismo sin los comerciantes acechándote por el zoco para venderte algún artículo con frases como “es más barato que en Mercadona” o las llamadas al rezo por los altavoces de cada una de las mezquitas de la ciudad cinco veces al día.

Tampoco nos gustaría tanto si sus restaurantes fueron como los que nos encontramos en España y nos sirvieran un sencillo filete de pollo con patatas fritos. Comer en Marruecos es degustar una variedad de especies que no sabes ni nombrar ni identificar, probar cordero sin saber qué zona del animal te están sirviendo (aunque no por ello deje de ser exquisita) y acompañar los alimentos con un delicioso té a la menta. Y por qué no, quizá tengas un gato maullando junto a ti que pide comida o simplemente una caricia.

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Té a la menta.

Y es que Marrakech también podría llamarse la ciudad de los gatos. Los perros son considerados un animal impuro por los musulmanes (al igual que los cerdos), pero esta religión tiene un gran respeto a los gatos. Por las calles vagan cientos de ellos, sucios, peludos y salvajes, pero en absoluto descuidados. Te los encontrarás en los restaurantes, en el riad donde te alojes e incluso en algunos puestos del zoco durmiendo sobre una mullida alfombra a la venta o descansando en el interior de un cuenco de cerámica.

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Patio del Riad Alili (Marrakech).

Para completar una experiencia real en Marrakech el día debe terminar en un riad. La ciudad marroquí ofrece dos tipos de alojamientos: las grandes cadenas occidentales ubicadas en la zona nueva y los riads, antiguos palacetes reformados con una piscina en el centro de un patio abierto a las estrellas. Un lugar excepcional para descansar del bullicio de la jornada y sentirte como en casa: la hospitalidad de los árabes no es un mito, sino una realidad.

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Atardecer en la plaza Jemaa-el-Fna.

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