Llegar a Brujas es entrar a un escenario de cuento magníficamente conservado y para el que se han construido leyendas que otorgan aún más magia a la ciudad.

La ciudad de los canales, la Venecia del Norte, la ciudad del amor o la ciudad detenida en el tiempo. Brujas se ha ganado muchos seudónimos. Todos ellos merecidos, pero también empañados por las hordas de turistas que llenan sus calles. Por tanto, cuando vayas a esta ciudad, tendrás que intentar abstraerte de la cantidad de gente que te rodea, para poder disfrutarla e imaginarla como un día fue, porque lo innegable es que sus calles y sus fachadas se han mantenido inmunes al paso del tiempo. Aunque no es oro todo lo que reluce y la ciudad fue reformada para recuperar todo este encanto, aunque siguiendo los modelos originales del esplendor que vivió en el siglo XV. Un esfuerzo que no fue en vano y que le sirvió para que en el 2000, la Unesco reconociera su centro histórico como Patrimonio de la Humanidad.

Brujas
Plaza Van Eyck.

Pero empecemos por lo importante, cómo llego a Brujas y cuánto tardo en verlo. Si vienes de Bruselas, lo ideal es que cojas uno de los trenes de cercanías que salen de cualquiera de las estaciones de la capital. Ten cuidado porque algunos no son directos. El viaje dura alrededor de hora y media, por lo que lo mejor es madrugar pues los monumentos cierran a las 17:30 y las tiendas, a las 18:00. Con respecto a la duración de la visita, depende de todo lo que quieras ver. Pese a todo, un día es más que suficiente y no es necesario pasar allí la noche porque, como te decía, a partir de las 18:00 poco podrás hacer.

Una vez en la estación de tren de Brujas, puedes coger un autobús que te lleve hasta el centro, pero te recomiendo que aproveches para pasear por esta zona (menos abarrotada de gente) y visitar ya sus primeros iconos. Nada más cruzar la calle principal te encontrarás en el Minnewaterpark, un precioso bosque en el que bien te podrías cruzar con algún hada o criatura fantástica escondida entre los matorrales. El centro del parque es el Minnewater o lago del amor, aunque en realidad es una bifurcación del canal central de la ciudad.

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Parque Minnewater.

¿Y por qué ese nombre? Hay varias versiones. La romántica cuenta que Minna se enamoró del joven humilde Stromberg. Ajeno a este romance, su padre le concertó un matrimonio con Morneck, un joven de clase alta. Apenada por la situación, Minna huyó. Stromberg salió en su búsqueda pero no la encontró hasta el día siguiente, muerta junto al lago, y decidió que descansara eternamente en sus profundidades. La historia menos idílica (y más real) es que el término minne, además de amor, en neerlandés significa común y es que en esta zona se encontraba el antiguo puerto de la ciudad, por lo que Minnewater podría significar las aguas comunes.

En esta zona también se encuentra otra de las joyas de Brujas, su comunidad de cisnes, cuidados y protegidos por la ciudad con zonas especiales incluso para proteger sus huevos. Según la leyenda, es Maximiliano I, archiduque de Austria y futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el responsable de que vivan aquí. Tras la trágica muerte de su esposa,María de Borgoña y Brabante, que gobernaba en la ciudad y gran parte de Bélgica tomó el poder e inició una serie de subidas de impuestos que le enfrentaron con el pueblo. Cansados de sus políticas, le capturaron y decapitaron en su presencia a su amigo y administrador de Brujas, Pieter Lanchals. Sin embargo, cuando regresó al poder, decidió vengarse y trajo consigo una colonia de cisnes que los habitantes debían cuidar bajo amenaza de duras represalias. Eligió a este animal porque aparecía en el escudo de la de la familia de Lanchals, pues, a su vez, esta palabra en neerlandés significa cuello largo.

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Cisnes de Brujas.

Cruzando por uno de los canales, al otro lado del parque, se encuentra el Begijnhof o beaterio de Brujas. Un lugar aislado del bullicio de la ciudad, en el que incluso los turistas respetan el silencio. El beaterio, que data del siglo XII, es una pequeña ciudad dentro de Brujas, un conjunto de casas bajas dispuestas alrededor de un gran parque central. Fue construido inicialmente para albergar a las viudas o huérfanas de los hombres que marchaban a las cruzadas. Las mujeres que allí vivían no seguían ninguna religión y vivían una vida totalmente libre, saliendo cuando así lo deseaban y manteniendo romances en el exterior. No obstante, desde hace varias décadas, el beaterio está habitado por monjas benedictinas.

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Beaterio de Brujas.

Es el momento de adentrarse en el corazón de Brujas. Todas sus callejuelas desembocan en dos grandes plazas, la Grote Markt (o plaza del mercado) y la Plaza Burg. En la primera, además de sus preciosas casas gremiales, hoy convertidas en bares y restaurantes, destaca la torre Belfort o el campanario de Brujas, de 83 metros de altura.

La Plaza Burg es más imperial, con edificios de fachadas más engalanadas. En una de sus esquinas, se encuentra el edificio religioso más bonito que vi en todo mi viaje por Bélgica: la Basílica de la Santa Sangre, de estilo neogótico y decoración recargada que contrasta con la Capilla de San Basilio, alojada en la planta baja, del siglo XII y de estilo románico, el edificio más antiguo que se conserva en la ciudad. El nombre de la basílica se debe a la reliquia allí guardada: un trozo de tela con la sangre de Cristo. Durante todo el día está guardada pero a medio día, la sacan custodiada por el cura y los fieles pueden pasar ante ella (pagando por ello).

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Basílica de la Santa Sangre (a la izquierda).

Inmersos en los canales, quedarás maravillado con cada esquina, pero hay dos lugares que quiero destacar. Uno es el Puente de San Bonifacio (Bonifaciusbrug), escondido en un pequeño parque con vistas al Palacio de Gruuthuse –en cuya fachada está la ventana más pequeña de Bélgica- y a la Iglesia de Nuestra Señora. Cuando cruzábamos el puente, la guía nos comentó que una lleyenda decía que la persona que estuviera más de tres segundos parada sobre él, no llegaría a casarse. Poco después, nos confesó que esta historia es una de sus artimañas para que no se formen grandes aglomeraciones. Y es que la ciudad está un poco cansada de los turistas.

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Puente de San Bonifacio e Iglesia de Nuestra Señora.

El otro lugar que no os podéis perder es el más típico de Brujas, que habréis visto en multitud de fotografías, el Muelle del Rosario (Rozenhoedkaai), desde el que hay una maravillosa panorámica de los canales, las casas medievales y el gigante árbol bañado por el canal.

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Muelle del Rosario.

Pero en Brujas hay encanto más allá de su centro histórico. Para descubrirlo, hay que acercarse al barrio de Santa Ana. Si consigues llegar antes de las 18:00, podrás contemplar cómo trabajan las maestras del encaje junto al Kalcentrum o Museo del Encaje. Muy cerca, se encuentra la Iglesia de Jerusalén, con una estética peculiar, externa e interna, pues alberga un altar que representa el Monte del Calvario. En este mismo barrio, junto al canal, hay una pequeño paseo por los antiguos molinos que rodeaban las murallas de Brujas. Dos de ellos, además, se pueden visitar. Si completas esta ruta siguiendo paralelamente a los canales, volverás al centro por una zona libre de aglomeraciones.

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Molinos en el Barrio de Santa Ana.

Y terminada la jornada, es hora de recuperar fuerzas con una cerveza de la ciudad. La más típica es la Brugse Zot, aunque hay muchas variedades. Su creador ha inventado un original sistema para transportar la cerveza desde la fábrica a una planta embotelladora situada a las afueras de la ciudad: una gran tubería subterránea que atraviesa Brujas.

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