Aunque mantiene las toscas calles empedradas lusas, Óbidos brilla con sus casas y jardines cuidados.

Rincones de Óbidos.
Rincones de Óbidos

La decadencia es el mayor encanto de las ciudades y pueblos de Portugal. Calles sucias, viviendas semiderruidas, comercios antiguos. Un aire a viejo que brilla. Sin embargo, dentro de esa atmósfera que destila pobreza, quedan rincones en los que la luz no solo llega de los rayos del sol, sino también de las brillantes fachadas blancas, los patios floreados y los pequeños comercios que atraen a los visitantes con exposiciones en las calles. Ese lugar es Óbidos, una antigua villa medieval a 80 kilómetros al norte de Lisboa.

A pesar de que al llegar quizá te sientas decepcionado por los numerosos turistas que visitan la zona (sobre todo autobuses repletos de franceses, ingleses e incluso japoneses), el pueblo no pierde su encanto. Es más, parece que despierta según los visitantes aparecen por sus calles.

Para adentrarnos en el universo de Óbidos, debemos cruzar la Porta da Vila, la puerta que nos adentra en la antigua villa medieval y que está decorada con los azulejos azules que tantas veces veremos si visitamos diversas regiones lusas y que en esta ocasión representan la Pasión de Cristo. Entramos entonces en un laberinto de calles estrechas, en las que hay que sortear los puestos que los comercios han sacado al exterior, prestar atención a los toscos adoquines y no perder de vista los pequeños rincones, donde se esconden las más bellas imágenes de la localidad.

Callejuelas de Obidos.
Callejuelas de Obidos.

Una de las cosas que llamará la atención nada más llegar es la bebida que ofrecen todas las tiendas, la ginja, un licor dulce elaborado a partir de guindas maceradas en aguardiente. Aunque es típico de Lisboa, y en particular de Ginjinha Espinheira (un local con casi dos siglos de antigüedad que fue el primero en comercializar la bebida), existen otras dos variantes de ginja, una elaborada en Óbidos y otra en Alcobaça. Lo tradicional en el pueblo en el que nos encontramos es tomar el licor en un vasito de chocolate que se toma a la vez que la bebida o después. Una gran dosis de azúcar que, unida a los 20 grados de alcohol, puede dificultar seguir con el recorrido turístico por el pueblo.

Además de esta bebida espirituosa, las tiendas de Óbidos también ofrecen otro de los producto estrella de Portugal, el corcho. A precios muy económicos, podréis comprar monederos, carteras, bolsos, estuches o incluso pulseras y collares.

Ruinas del antiguo castillo de Obidos.
Ruinas del antiguo castillo de Obidos.

También resultará curiosa la cantidad de gatos que circulan por sus calles, se relacionan con los viandantes y duermen tranquilamente en las zonas más concurridas. Los amantes de los animales descubrirán que tanto Óbidos como otros pueblos y ciudades portuguesas tienen un profundo cariño a estos animales, a los que cuidan y respetan como un habitante más.

Aunque son estos pequeños detalles los que proporcionan a esta villa medieval su encanto, no hay que olvidar mencionar (y visitar) las ruinas de las antiguas murallas que rodeaban el castillo, ahora convertido en posada. El paseo por la muralla ofrece unas maravillosas vistas de las casas de Óbidos, sus colores y sus callejuelas sinuosas, pero hay que hacerlo con precaución, pues carece de vallas que protejan de posibles caídas. Pese a ello, siempre hay turistas intrépidos que, desafiando a la suerte, deciden subirse a lo más alto para lograr la instantánea más original (aunque no muestre el encanto del propio pueblo en el que se encuentran).

Vista de Obidos desde la muralla

One thought on “Óbidos, la excepción de la decadencia portuguesa”

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